Antifascistas

Pactos (30 de mayo de 2015)

Tras las elecciones, pactos. Y como siempre, la cantinela de lo sanos que son para la democracia y de lo importante que es llegar a acuerdos entre diferentes fuerzas políticas.
Cierto, pero como toda afirmación general, tampoco ésta sirve de mucho sin concreciones ni matizaciones. Pactar por pactar no es necesariamente bueno y ha de diferenciarse entre unos y otros acuerdos. No es lo mismo llegar a un entendimiento en la aprobación de una ordenanza municipal de tráfico que alcanzar un pacto de gobierno. Si de lo que se trata es de facilitar que una persona se convierta en la máxima autoridad de un ayuntamiento o de Comunidad Autónoma el pacto solo debería concluirse si se participa de algunos consensos básicos.
Se diferencia poco entre pactos y consensos, y me parece una distinción fundamental en democracia. El debate político implica discrepancias, pero a la vez exige que ciertas cuestiones sean compartidas por todos los actores. Solamente a partir de estos elementos comunes podrán articularse las diferencias y, en su caso, concluir acuerdos sobre esta o aquella materia. Sin esos elementos comunes el pacto no será más que un cambalache, una trapacería; y en vez de reforzar la democracia, la debilitará.
Cuando se trata de favorecer el gobierno de un determinado partido deberíamos considerar si ese partido comparte esos principios básicos y fundamentales sobre los que se construye la convivencia.  Existen cuestiones como el respeto a los principios democráticos, el rechazo de la violencia o la definición de los límites de la comunidad política que marcan diferencias que no pueden ser salvadas mediante un pacto que merezca llamarse tal. Sería extraño, por tanto, que un partido que no se defina como independentista apoye el gobierno de un independentista.

Si no se vive como se piensa se acabará pensando como se vive.

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