Un libro

lunes, 17 de diciembre de 2007

Los problemas de la educación

Quienes me conocen saben que una de mis mayores obsesiones, sino la mayor, es la educación. Desde hace años vengo diciendo a todo el que me quiere escuchar (y alguna vez también a quien no me quiere oír) que la enseñanza en vez de mejorar empeora, y que los discursos formales y huecos de quienes se dedican a la pedagogía no hacen más que enmascarar un auténtico declive en la formación general de la sociedad.
Mi planteamiento es que las cosas son mucho más sencillas de lo que nos quieren hacer creer. En una entrada anterior criticaba la falacia del "aprender a aprender", y junto a ésta nos podemos encontrar con toda una batería de planteamientos que, a mi juicio, ocultan la realidad. Así, se nos dice que nunca como hasta ahora la enseñanza había llegado a tanta gente, que puede ser que en algún punto el nivel de conocimientos haya descendido, pero que este descenso se ve compensado por la extensión casi universal de la educación y por la adquisición de los estudiantes de competencias que antes no eran apreciadas.Ya no se saben tantas cosas de memoria, pero la capacidad de comprensión, análisis y crítica de los alumnos ha aumentado...
Como digo, para mí las cosas son más sencillas. En cuanto a lo primero (extensión de la educación a cambio de intensidad), mantengo que se debe extender la educación a todas las personas, pero no a costa de disminuir su calidad, porque de otra forma lo que extendemos es engaño y miseria, no formación. En lo que se refiere al resto de argumentos... me parecen falaces. La educación ha de conducir a que los estudiantes aprendan cosas. Estas cosas que aprenden son variadas, y así siempre ha sido. Por una parte tienen que asumir conocimientos puros (los países de Europa, la tabla de multiplicar, una cierta ordenación de la historia, la clasificación de animales, plantas y minerales, la tabla periódica de los elementos...) y también deben "saber hacer cosas" (sumar, restar, multiplicar y dividir, integrar una ecuación, calcular probabilidades, determinar la fórmula de un compuesto químico, analizar gramaticalmente un texto, traducir de un idioma extranjero, entender una película en inglés, poder expresar una idea en ese mismo idioma...). Lo primero, la memoria, es impresindible para lo segundo, las concretas "cosas" que hay que saber hacer, por lo que el desprecio hacia la memoria me parece suicida.
Ahora podemos ponernos de acuerdo en qué cosas han de saberse y qué cosas han de saber hacerse; y ahí se puede discutir; pero lo que me preocupa es que este debate no se encuentra presente en los habituales debates sobre la enseñanza. La formalización del discurso hace que no se aborde el núcleo del problema, los contenidos. Buena prueba de ello es el reciente informe de la fundación Jaume Bofill sobre la educación en Cataluña. Un informe que ha sido motivo de debate y discusión durante unas semanas. Tuve ocasión de hojearlo. No sé si lo que ví era el informe entero o un amplio resumen de más de veinte hojas, pero, en cualquier caso, en aquellas decenas de páginas dedicadas a explicar la situación de la educación en Cataluña no ví ni una sóla referencia a lo que sabían los estudiantes catalanes. Los datos aportados se referían a tasas de escolarización, abandono escolar, repetición, etc.
Este abandono del debate sobre los contenidos es preocupante porque ahí se encuentra la clave de la falacia. Cuando tú planteas a un pedagogo que ahora los alumnos saben menos que antes te responden que saben cosas diferentes, que ahora no tienen tantos conocimientos memorísticos, pero que son capaces de abordar un problema complejo, encontrar vías alternativas para resolver dificultades, que tienen un mayor espíritu crítico... Para mí son tonterías. Es algo así como si le dices a un profesor de idiomas que sus alumnos no tienen ni idea de inglés. Él te responde que estás equivocado, que sí que saben inglés. Tú replicas que les has dicho "How are you?" y te han respondido "Five o'clock" y el profesor te contesta "No tienes ni idea de pedagogía, el conocimiento memorístico del significado de las palabras carece de relevancia, lo importante es que los alumnos dispongan de herramientas para continuar un diálogo a partir de cualquier frase inicial". Y entonces tú te marchas desolado, porque pensabas que sabías inglés y, en realidad, no tienes ni idea de pedagogía.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

El incidente de Chile: tres perspectivas

Me ha dejado muy preocupado el rifirrafe entre el Rey, Zapatero y Chávez. Me ha dejado una inquietud que no se acaba de calmar. No por el incidente en sí, que, aislado, es más inspiración para humoristas y diletantes comentaristas políticos que otra cosa; sino por lo que denota. Porque denota algo, aunque no sé muy bien qué (en este caso la hipótesis está más lejos de la conclusión que en ninguna otra ocasión).
En primer lugar denota una cierta falta de conocimiento acerca de la etiqueta y modos de un acto formal como es una conferencia diplomática. El orden en las palabras y el respeto a los turnos es y ha de ser sagrado. Si existe una estricta organización de los debates no es por un capricho anacrónico o por una absurda rigidez, sino, precisamente, para evitar incidentes como el del otro día. Si alguien está en el uso de la palabra no se le interrumpe como hizo Chávez; y el que está en el uso de la palabra y es interrumpido no ha de entrar a dialogar con el provocador, sino que ha de limitarse a reclamar que se respete su turno, y no dirigiéndose a quien interrumpe, sino al presidente de la conferencia, solicitando su amparo. Hasta que el silencio no se haga de nuevo debe permanecer callado, dejando que quien pretende reventar el diálogo se retrate solo. Se trata de cuestiones que son bastante evidentes y me sorprende que en una reunión en la que se encuentran jefes de Estado y jefes de Gobierno haya podido pasar algo así ¿dónde se han formado quienes nos dirigen para que resulten incapaces de gestionar un conflicto tan inocuo como el que se planteó el otro día? Y este reproche va dirigido tanto a quienes intervinieron en el rifirrafe como a la presidenta de la conferencia, que no supo evitar que se desarrollara una situación tan poco elegante.
En segundo lugar, denota que nos encontramos ante una nueva quiebra de consensos fundamentales. En una entrada anterior me quejaba del debilitamiento de ciertos consensos en España. Ahora se puede comprobar que este progresivo cuestionamiento de ciertas reglas básicas se extiende también a la esfera internacional. Los escasos minutos que duró el enfrentamiento entre Chávez, Zapatero y el Rey fueron fuente de varias situaciones insólitas en el ámbito diplomático. De hecho, el incidente, con la retirada posterior del Rey durante la intervención de Daniel Ortega fue calificado como un hecho "sin precedentes", y últimamente no son pocas las veces en que alguna situación tiene el "honor" de recibir este calificativo. Creo que no es una casualidad, sino muestra de que estamos abandonando a velocidad de vértigo el marco tradicional de las relaciones internacionales. Como no sabemos a dónde nos dirigimos y soy timorato la percepción de este movimiento acelerado hacia lo desconocido me produce cierta inquietud.
En tercer lugar, y es, para mí, lo menos importante, puesto que es lo más coyuntural; muestra que las relaciones entre España y los países Latino americanos están cambiando. Existe una tensión entre diferentes formas de entender la forma en que ha de dirigirse el desarrollo de estos países, y en esta ocasión el debate coge (y aquí empleo la expresión en el doble sentido que tiene a ambos lados del Atlántico) a España en medio. Es lógico. En los últimos veinte años el papel de España y de las empresas españolas se ha hecho más relevante; ahora España es un agente que tiene cierta capacidad de influencia, tanto política como económica. En este último aspecto las empresas españolas se han instalado en muchos países latino americanos y, por lo que me cuentan, no en todos los casos su ejecutoria ha sido ejemplar. Incluso sin tener esto último en cuenta, y con que simplemente se comporten allí como se comportan aquí, es fácil entender ciertos ataques de ira. En España también nos quejamos de las comisiones de los bancos, de lo mal que funcionan las compañías eléctricas y de las tácticas que utilizan las compañías telefónicas; pero aquí no podemos recurrir a echarle la culpa a otro país; al otro lado del Atlántico sí que tienen ese recurso.
En definitiva, ignorancia, incertidumbre e ira. Y encima no acabo de entender las claves de la situación ¿se entiende por qué estoy preocupado?

miércoles, 31 de octubre de 2007

En la noche de Todos los Santos

Húmedos los labios,
brillo en los ojos.
Leve aleteo al respirar.
Piel y carne en su lugar,
vientre y garganta,
manos, y pies para caminar.
Saberes y esfuerzos
Bellos y tristes recuerdos
que ahora torna a invocar,
frágiles vínculos
que está a punto de desligar.
Abandono y frialdad.
Búsqueda de una presencia.
El amor total ¿dónde estará?
Unos pasos más.
Aún siente el corazón palpitar,
el frío en el rostro,
el reflejo en sus ojos
de la gris inmensidad.
En unos instantes,
todo desaparecerá.
Tiemblan las piernas,
no puede vacilar.
El orgullo, lo último que morirá;
una última mirada,
y la oscuridad.
Un aleteo, un sonido
en el mundo que seguirá.
Un escalofrío al imaginar
el filo de acero bajando,
el final.

jueves, 25 de octubre de 2007

Lo del tren

Ayer me comentaban que algunas empresas de Barcelona habían decidido no contratar a quienes vivieran fuera del municipio de Barcelona, aunque se tratase de núcleos separados por unos pocos kilómetros del centro de la ciudad. La razón es que con el actual caos en el transporte del área metropolitana es previsible que tales trabajadores lleguen sistemáticamente tarde a sus oficinas, talleres o fábricas.
No se trata de una anécdota. Es el primer síntoma claro de la fragmentación del área metropolitana. El primer indicio de que corremos el riesgo de que la "gran Barcelona" quede rota, desde una perspectiva económica y sociológica, en una docena de núcleos aislados entre sí. De suceder esto nos encontraríamos ante un escenario que tendría que preocuparnos.
Desde hace años vengo comentando que echo en falta una auténtica red de transporte público del área metropolitana. Las infraestructuras existentes permiten conectar -más mal que bien, como se está viendo- la periferia con el centro de la ciudad; pero las conexiones entre puntos diferentes de la periferia son lamentables (véase, por ejemplo, la experiencia de viajar desde Granollers hasta Bellaterra que relato en una entrada anterior). Tengo la intuición de que esta falta de integración perjudica gravemente el desarrollo económico de la región, pues impide aprovechar todas las ventajas que ofrecería una auténtica conurbación en la que las empresas, los trabajadores y los consumidores pudiesen desplazarse, elegir y ofrecer servicios fácilmente en todos los puntos. Es claro que a mayor integración mayor desarrollo, y es por eso que la falta de ambición a la hora de plantear la mejora de las infraestructuras de transporte impide que veamos cuál es nuestro auténtico potencial.
Ahora bien, en estos momentos estamos asistiendo a los inicios de la fase de aislamiento del núcleo del área metropolitana, ya no hablamos de cómo podemos mejorar lo que tenemos, sino de que corremos el riesgo de hacer quebrar la situación actual. No se trata sólo de molestias para los usuarios o de cabreo, sino de un problema con graves consecuencias económicas y sociales.

lunes, 22 de octubre de 2007

"We were racing Fernando..."


Pues al final Dennis se salió con la suya. En el gran premio de China dijo aquello tan significativo de que ellos no competían contra Kimi, sino contra Fernando ("we weren't racing Kimi, we were racing Fernando") y que les valía con que Kimi fuera primero y Hamilton segundo. Obviamente, se refería al resultado de la carrera, no del mundial; pero como se suele decir, ten cuidado con lo que deseas porque puede convertirse en realidad. Finalmente, Kimi ha sido campeón del mundo y Hamilton, subcampeón. Para que luego digan que es difícil cumplir con los objetivos de la empresa. En McLaren está chupado, tienes el mejor coche, los mejores pilotos y tu objetivo es ser el segundo. Así cualquiera...

sábado, 13 de octubre de 2007

Transporte público


No es en absoluto original quejarse del mal estado del transporte público en el área metropolitana de Barcelona. Yo mismo lo hago constantemente desde hace más de diez años. Y no porque los trenes vayan con retraso o existan averías, que es lo que está sucediendo últimamente, sino porque la propia infraestructura es absolutamente insuficiente para la magnitud de un centro como es Barcelona y su entorno. Aquí sí que soy original porque mi planteamiento es que hay que ir mucho más allá de solventar las ineficiencias actuales y ampliar aquí o allí alguna línea de metro o de cercanías. Mi planteamiento es que hay que diseñar un transporte público para el área metropolitana que sea una alternativa real al automóvil. Este planteamiento está muy alejado de los discursos oficiales. El otro día lo pude comprobar cuando en el Suplemento de El País con motivo del aniversario de la edición para Cataluña de ese periódico se indicaba que el futuro sería que hacia el año 2030 la red de cercanías funcionase como un metro del área metropolitana. ¡Dios mío! ¡En el 2030! ¡Pero si para el 2030 yo ya estaré casi jubilado! Además, ¿qué entenderán por un metro del área metropolitana? ¿algo así como lo que son hoy los Ferrocarriles de la Generalitat? No, yo no quiero algo que funcione "como un metro del área metropolitana". Quiero "un metro del área metropolitana"; porque sólo este tipo de transporte permitiría que dejáramos los coches en casa. Hasta que esto no suceda, las llamadas de los políticos, la Administración y los grupos ecologistas a la utilización del transporte público no serán más que brindis al sol. Hasta entonces la culpabilización al ciudadano por no utilizar el transporte público no será más que un ejercicio de hipocresía.
Y es que la gente no es tonta. Si el transporte público fuera eficaz ¡vaya si lo cogeríamos! Lo que sucede es que, actualmente, ocupa más tiempo realizar un desplazamiento en transporte público entre dos puntos del área metropolitana, uno de los cuales no sea Barcelona, que utilizar el automóvil o la moto. Pondré un ejemplo que padecí el 11 de octubre.
Tenía que desplazarme desde Granollers hasta la UAB, en Bellaterra. A las 8:30 inicie mi viaje. No llegué a la UAB hasta las 10:20, incluyendo aquí el desplazamiento a pie hasta la estación de Granollers y la conexión, también a pie, entre la estación de cercanías del Paseo de Gracia y la de los Ferrocarriles de la Generalitat de la calle Provenza. Es cierto que podía haberme equivocado y no haber optado por la mejor combinación. Es por eso que antes de escribir esto consulté lo que me proponía la web de Cercanías. Introduje los datos de mi recorrido y el resultado es que podría estar en la Estación de la UAB a las 9:59. Como la estación de la RENFE me queda bastante más lejos de mi destino final en la UAB que la de los Ferrocarriles de la Generalitat, no encontré ventaja significativa entre la opción que me proponía la web de RENFE y la que yo había tomado. Algo más de hora y media para un desplazamiento que en línea recta no son más de veinte kilómetros.
El mismo 11 de octubre por la tarde hice el desplazamiento entre Granollers y la UAB en automóvil. Salí de Granollers a las 16:25 y llegué a la UAB a las 16:45.
¿Alguien en su sano juicio optará por el transporte público en estas condiciones?

martes, 9 de octubre de 2007

La "Contra" de hoy (9 de octubre)

Recomiendo la lectura de la "Contra" de la Vanguardia de hoy. Entrevistas a quien fue presidente de los abogados de Estados Unidos, quien reflexiona sobre los daños punitivos que se aplican en Estados Unidos. La conclusión del entrevistador (Lluís Amiguet) es la de que esta extraña figura podría ser útil en España para evitar situaciones como el apagón de Barcelona o el caos de las cercanías. Me alegra que la opinión se vaya extendiendo. En este blog ya se había adelantado en una entrada del 30 de junio ("¿Quién ha de proteger al consumidor? Él mismo").

viernes, 5 de octubre de 2007

Aprender a aprender

Desde hace años vengo oyendo machaconamente la frase del título: "lo importante no es saber, sino aprender a aprender". La idea es que en la sociedad actual el volumen de datos y conocimientos es excesivamente amplio como para que nadie pueda aprehenderlo, ni siquiera en un ámbito limitado de conocimiento. Además este volumen de información cambia rápidamente. Lo que es válido hoy puede que ya no sirva el año que viene, y casi seguro que en cuatro o cinco años se habrá quedado obsoleto. La respuesta a esta situación es la de que no importan tanto los conocimientos como adquirir herramientas intelectuales que permitan una permanente y constante actualización.
Muy bonito, pero la clave está en cuáles son esas herramientas que facilitan la actualización. De momento, en nuestro sistema de enseñanza hemos asumido la primera parte de la idea (adquirir conocimientos no es tan importante hoy en día), pero sin dar una respuesta adecuada a la segunda. El resultado es que hay muchas personas que no saben nada. El otro día me sorprendió que alumnos de último año de carrera me dijeran que el año 1648 era la fecha de la "caída de Occidente". No quise indagar que entendían por la caída de Occidente, aunque me temo lo peor.
Si preocupante es que se sepan menos cosas, sin que los ignorantes actuales dispongan de mecanismos efectivos para esa "permanente actualización" que se presenta como objetivo final de su formación; más inquietante es aún que esta filosofía haya pasado del aprendizaje a la enseñanza. Me explico. Dado que la enseñanza no ha de basarse ya en la transmisión de conocimientos no es preciso que quienes enseñen sean conocedores de aquello que enseñan, sino que es más útil que se trate de expertos en la enseñanza en sí, entendida como este ideal mecanismo de adaptación de las cabezas para que se conviertan en máquinas de aprendizaje. Así, será posible que sean Pedagogos quienes enseñen Matemáticas, Inglés, Filosofía o Derecho. Los expertos en estas ramas del conocimiento serán menos adecuados para este cometido, toda vez que sus inútiles conocimientos no sirven de nada si carecen de las destrezas propias del auténtico enseñante. Por contra, quien se maneje bien en las técnicas del aprendizaje moderno podrá suplir su ausencia de conocimientos, ya que, como digo, la transmisión de estos no es el objetivo de la enseñanza, como no es su adquisición lo que se pretende con el aprendizaje.
Yo me muestro escéptico con este planteamiento, que se extiende y apropia de todas las fases de la educación, llegando ahora ya a la Universidad. No pocas veces he discutido sobre estos y otros argumentos parecidos, sin que -como es evidente- me llegaran a convencer quienes mantienen este necesario repliegue de los conocimientos, tanto en el aprendizaje como en la enseñanza. He de advertir, sin embargo, que se trata de una manera de ver y practicar la "enseñanza" que, para nuestra desgracia (en mi modesta opinión) no tiene vuelta atrás. Podría poner algunos ejemplos bien concretos de cómo se practica esta "enseñanza sin conocimientos", pero esta entrada está siendo ya demasiado larga, así que lo dejaremos para otra ocasión.
En cualquier caso, recomiendo la lectura del "Panfleto Antipedagógico" de Ricardo Moreno Castillo, que puede encontrarse en la siguiente dirección: http://www.lsi.upc.edu/~conrado/docencia/panfleto-antipedagogico.pdf.

martes, 11 de septiembre de 2007

De escuelas y ludotecas

Supongamos que Zapatero se vuelve loco y me nombra Ministro de Educación. Supongamos que yo me vuelvo loco también y propongo la creación de una red de ludotecas paralela a la de escuelas. Imaginemos que el Consejo de Ministros, el Parlamento y las Comunidades Autónomas se contagian de la misma locura y aprueban el proyecto. Una vez supuesto e imaginado todo esto, elucubremos con lo que sucedería a continuación.
La idea es ofrecer a los padres una alternativa a la escuela. Los padres podrían elegir entre mandar a sus hijos a la escuela tradicional o a ludotecas, donde los niños jugarían libremente, se relacionarían entre ellos y, todo lo más, aprenderían canciones o desarrollarían actividades tipo taller (manualidades, teatro), siempre de acuerdo con sus gustos y aficiones.
No creo que esta propuesta alternativa tuviera mucho éxito. Serían pocos los padres que pensaran que sería más conveniente este paso por la ludoteca que por la escuela; pero, por descontado, alguno habría que llevara a sus hijos a la ludoteca. Al fin y al cabo, muchas de las cosas que se aprenden en la escuela son inútiles -pensarían- y las que son útiles las pueden aprender en casa. Además la escuela provoca demasiadas tensiones en los infantes, es más sano que crezcan de una forma más natural. Además, si, finalmente, va a seguir en el negocio de la familia, la escuela de poco le servirá, pensarían algunos.
Por seguir elucubrando, pensemos que el porcentaje de padres que optan por la ludoteca es de, pongamos, un cinco por ciento. Evidentemente es una cifra totalmente discutible, pero que intuyo es una magnitud nada descabellada.
Sigamos imaginando. El Ministro y demás responsables del invento de las ludotecas no están satisfechos con el "escaso" interés mostrado por su invento y deciden perfeccionarlo. Así, se establece que el horario de las ludotecas será más amplio que el de las escuelas. Las escuelas mantendrían su horario de nueve a cinco mientras que las ludotecas abrirían a las ocho de la mañana y no cerrarían hasta las ocho de la tarde. En ese intervalo podrían los padres pasar a dejar o recoger los niños cuando quisieran. Muchos padres que habían desestimado inicialmente la idea de la ludoteca volverían sobre sus pasos. Lo de tener que estar a las nueve en el colegio (y no a las nueve y cinco o las nueve y diez) para dejar al niño, y de nuevo allí a las cinco (y no a las cinco y cinco o a las cinco y diez) es un problema serio. La compatibilización del horario laboral con el de la escuela exige con frecuencia hacer juegos malabares. La ludoteca ofrece una alternativa a la colocación del niño que resuelve esas dificultades. Es cierto que el niño no aprenderá lo que se enseña en las escuelas; pero ya se resolverá esto más adelante -pensarían algunos padres-, ahora es prioritario poder colocar al niño durante todo el día, y además con la posibilidad de recogerlo cuando nos venga bien. Padres que no habían optado inicialmente por la ludoteca ahora sí que la verían como una alternativa razonable. No creo exagerar si pienso que este cambio duplicaría el número de familias que dejarían la escuela en favor de la ludoteca. Máxime si se les ofrece la posibilidad de ir un año a la ludoteca y al siguiente a la escuela. "Este año a la ludoteca, que estoy muy apurado con los horarios, y el año que viene ya lo mando a la escuela" -pensarían algunos-, claro que lo más probable sería que al año siguiente se hiciese la misma reflexión y así hasta el final del periodo de escolaridad.
Ya estamos en un diez por ciento de usuarios de la ludoteca. Pero el Ministro es insaciable y quiere más ¿cómo lo conseguirá? Visto el éxito de la ampliación de horario opta por la ampliación de fechas: las ludotecas no se ajustarán al calendario escolar. Todos las semanas, de lunes a viernes, durante todos los meses del año las ludotecas estarán abiertas. Se acabaron los problemas de los últimos días de junio y los primeros de septiembre, o los que se derivan de que el día de la fiesta local de la escuela los padres trabajen. La vacaciones familiares resueltas, pues se pueden coger cuando se quieran sin tener que preocuparse porque el niño falte a clase. Para completar la oferta, cada ludoteca dispondría de una minienfermería donde podrían quedarse los niños con gripe, catarro, amigdalitis o cualquier otra de estas molestas enfermedades que impiden a los padres llevarlos a la escuela con el consiguiente trastorno que ello ocasiona.
No sé si esta ampliación del calendario permitiría doblar el número de adeptos a la ludoteca. Quizás sí, pero seamos más modestos, limitémonos a pensar que la subida de los usuarios es de un cinco por ciento más. Ya estamos en el quince por ciento. No está mal, pero el Ministro es ambicioso, quiere más ¿cómo lo conseguirá? El siguiente paso es establecer que el titulo que reciban quienes asistan a la ludoteca y el que reciban los que acudan a la escuela y posterior instituto será igual. La entrada en el Bachillerato o en la Formación Profesional tendrá que estar igualmente abierta a quienes hayan cursado sus cursos en la escuela o en la ludoteca. No se podrá establecer ningún filtro que impida directa o indirectamente el acceso a los estudios superiores a los que hayan preferido acudir a la ludoteca.
Pienso que esta última "mejora" del sistema sería definitiva. Una vez resuelta la cuestión administrativa los escrúpulos de muchos padres desaparecerían. Si el título es el mismo -pensarán muchos- ¿por qué no vamos a optar por la vía que resulta más cómoda para nosotros y en la que el niño será más feliz? Que disfrute de estos años de infancia que no se repetirán y ya tendrá tiempo a partir de los dieciséis de aprender. Será tarea de los profesores que se encuentre a partir de entonces ponerlo al día para que se cumpla el mandato legal y tenga las mismas oportunidades que los que fueron a la escuela. Además, como mi niño es muy listo no tendrá problemas. ¡Qué satisfacción tan grande verlo disfrutar estos años! Su mente despierta permanecerá fresca y cuando le toque ponerse a estudiar, con qué gracia y poderío mostrará a los empollones de la escuela lo inteligente que es. Si es que saber yendo a la escuela no tiene mérito. Mérito el de mi niño. Y además qué bien nos lo vamos a montar de aquí a entonces... vaya, una felicidad completa.
Quien piense que el razonamiento del párrafo anterior es pura ficción es que no ha asistido nunca a una reunión de padres de alumnos. No digo que todos, ni siquiera la mayoría de padres, piensen así; pero casi me atrevo a aventurar que entre un cuarto y un tercio de los padres (y madres, por supuesto) encajarían en el monólogo que acabo de inventar. Así pues, sumando estos a los otros, podríamos encontrarnos con un cuarenta por ciento de niños abandonando la escuela en favor de la ludoteca.
¿Qué pretendía con el experimento mental anterior? Pues mostrar lo ya sabido, que las escuelas se ven más como aparcamientos de niños que como lugares de aprendizaje. Que hay un número importante de adultos que no aprecian como se debiera la importancia de la educación en su sentido más clásico, esto es, la adquisición de conocimientos y técnicas que permiten desarrollar operaciones matemáticas, entender un texto escrito, redactarlo, comunicarse en lenguas extranjeras o familiarizarse con los mecanismos que explican el funcionamiento de la naturaleza y de la sociedad. Todas estas cuestiones son secundarias para muchas familias, y mientras esto siga así poco podemos hacer. Quizás fuera bueno implantar el sistema de ludotecas que propongo para que, al menos, una parte de los niños (los que optan por asistir a la escuela) sí que puedan adquirir una formación suficiente para el mundo tremendamente complejo que les espera.
¡Ah! y que nadie piense que me mofo de los problemas que plantea combinar el trabajo con las responsabilidades maternas y paternas. Sé muy bien lo que cuesta, me solidarizo con todos los padres que, como yo, tenemos que convivir con ese difícil equilibrio y propugno que se establezcan medidas que faciliten la compatibilización de la vida familiar y profesional; pero todo esto no debe hacernos perder de vista que la función de la escuela es formar y enseñar a los niños, no cuidarlos.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Los coches de seguridad y McLaren

Fue en el gran premio de Mónaco, cuando las relaciones entre Fernando Alonso y su equipo comenzaron, seguramente, a estropearse de verdad. Alonso había ganado tras mantener una interesante lucha con Hamilton, segundo. Hamilton pugnaba por no separarse del asturiano, que había salido primero, con la esperanza de adelantarle en boxes. Alonso, sabiendo que ese era el riesgo, forzaba el ritmo para mantener una diferencia que rondaba los 10 segundos, suficiente para que resultara imposible pasarle en las vueltas extras de las que podría disponer Hamilton. Al final de la carrera Hamilton se quejó de que le hubieran adelantado la segunda parada en boxes para favorecer a Alonso. La protesta era absurda, pues con una diferencia de 10 segundos se necesitan, en las mejores condiciones, al menos 10 vueltas para superar al piloto que se ha detenido en primer lugar. Parando cuatro, cinco o, incluso, seis vueltas más tarde de lo que lo hizo no hubiera arreglado nada y seguiría siendo segundo.
Hasta ahí nada relevante, la pataleta propia de un piloto de formula 1, egoísta y seguro de ser el mejor, como, probablemente, son todos ellos. Sucedió, sin embargo, que Ron Dennis, presionado por la prensa inglesa que ansiaba poder contar que la victoria de Alonso se debió a las ayudas del equipo, dijo que si se había adelantado la parada de Hamilton había sido para protegerle de un safety car. Esto es, viendo que no podría superar a Alonso por su mejor ritmo se optó por adelantar su entrada para que así no se viera perjudicado en caso de que tuviese que entrar en pista un coche de seguridad, lo que podría haber supuesto que fuese adelantado por quienes ya habían hecho su segunda parada en boxes. Estas palabras de Dennis dieron pie a la FIA para investigar si las órdenes de equipo habían pretendido favorecer a Alonso respecto a Hamilton. Como es sabido, la investigación quedó en nada, pues en las circunstancias de carrera que se dieron la opción de adelantar la parada era la mejor para garantizar los dos primeros puestos para McLaren, sin que esas arriesgadas vueltas adicionales de Hamilton en la pista pudieran servirle realmente para superar a Alonso.
Todo el asunto sirvió para que se dedicaran más energías a justificar la carrera de Alonso que a celebrar su victoria. Además se preparaba el terreno para las "compensaciones" a Hamilton, que no tardaron en llegar. La última ayer, en el gran premio de Monza, y me pareció tan descarada que no me resisto a callarla, visto que ha pasado desapercibida en la prensa, pese a ser de lo más significativo de la carrera de ayer.
La situación se plantea al final del segundo stint. Raikkonen va a una sola parada y por delante de él tiene a Hamilton (segundo) y Alonso (primero). Como ambos tienen que hacer una parada más antes de acabar la carrera precisan sacar en pista una ventaja de entre veintiocho y treinta segundos respecto al de Ferrari para garantizar que tras esa segunda parada se saldrá por delante de él. Lo de veintiocho/treinta segundos no es cosa mía, sino de Pedro Martínez de la Rosa, quien en sus comentarios dijo primero treinta para luego mantener que con algo menos sería suficiente si no había ningún problema en boxes.
Pronto se vio que Hamilton no podría conseguir esa ventaja. Veintipocos segundos respecto a Raikkonen cuando ya se le agotaban las vueltas de las que disponía. Alonso, en cambio, sí que hacía los deberes y vuelta a vuelta hacía más grande su separación de Kimi. Cuando le tocaba entrar a Hamilton Alonso ya había conseguido suficiente renta como para poder hacer la parada y salir por delante de Kimi, quizás algo justo, pero había que pensar que un coche de seguridad en ese momento arruinaría todo el trabajo y convertiría a Kimi en ganador. En esas circunstancias, y viendo que Hamilton no podía conseguir la renta suficiente sobre Kimi, lo lógico sería que entrara Fernando para asegurar la victoria. No sucede así, sino que entra Hamilton. Bueno, no pasa nada -pensé- Alonso entra en la vuelta siguiente y así dispone de seis décimas más de ventaja sobre Raikkonen por si pasara algo en la parada. Pero no, tampoco en la siguiente entra Alonso... ni en la otra, fue tres vueltas más tarde cuando hizo su repostaje. De la Rosa ya estaba nervioso, pues veía que se trataba de vueltas absurdas. Una vez conseguida la ventaja suficiente para salir por delante de Raikkonen ¿para qué arriesgarse a que entrara el coche de seguridad? Bueno, hay una explicación. Si el coche de seguridad hubiera entrado en las vueltas 41 o 42, las que estuvo en pista Alonso tras el repostaje de Hamilton, éste hubiera superado a Alonso. Cada vuelta de más era una posibilidad para Hamilton de ponerse por delante de su rival. ¿Era consciente Alonso de ello? ¿Pidió adelantar la entrada en boxes y se lo negaron? ¿Estuvo todo planificado para abrir alguna ventana al triunfo de Hamilton desde el equipo? Si la respuesta a la última pregunta es "sí" (la más probable) nos encontraríamos con una muestra clara de la "igualdad de oportunidades" que preconiza McLaren. Y si es "no"... pues no me lo creo, salvo que me den alguna razón para haber tenido esas tres vueltas más a Alonso en pista. Yo más bien creo que Alonso pidió entrar y se lo negaron, y de ahí la no contestación a las felicitaciones por la radio tras su victoria. La frialdad del campeón tras la carrera con su equipo y con su jefe alguna explicación tienen que tener. Algún día se sabrá... supongo.

domingo, 9 de septiembre de 2007

Cuatro centésimas

Mañana la prensa deportiva y general se rendirá de nuevo ante Fernando Alonso. El amo, arrollador, dominó de principio a fin... y un largo etcétera de hipérboles y loas. Ya he dicho que me declaro alonsoniano, y por tanto, me gusta que gane y que se reconozcan los méritos deportivos que, sin duda, tiene; pero tengo que ser fiel a mi criterio y manifestar que no son todo luces lo que brilla sobre su horizonte, pese al estupendo resultado de este fin de semana.
Si contemplamos los datos en un primer nivel tendríamos que concluir que el dominio de Alonso ha sido apabullante: mejor tiempo en las tres tandas de la calificación, líder de la carrera de principio a fin excepto cinco giros y vuelta rápida en carrera. Expediente inmaculado. Ahora bien, si descendemos un primer nivel en el análisis nos acercaremos más a la realidad.
Para mí la clave estuvo en el último giro de la Q3. Alonso había hecho un tiempo extraordinario en el primer intento, cuatro décimas más rápido que Hamilton (su único rival, no entraré ahora en el tema de la diferencia de coche entre McLaren y Ferrari porque creo que ya ha quedado suficientemente claro sobre la pista). Quedaba, sin embargo, el último intento. Hamilton hace una muy buena vuelta que por sólo cuatro centésimas no supera la anterior de Alonso. Alonso venía por detrás y en el primer sector había sido más rápido que Hamilton, pero en el segundo sector parece ser que cometió un falló y, a partir de ahí, levantó el pie sabiéndose ya en posesión de la pole. Gran mérito de Alonso el tiempo increible en su primer intento de la Q3, pero, de nuevo, comete un error en la vuelta decisiva, que no lo fue finalmente por esas escasas cuatro centésimas que dan título a esta entrada. Sin esas cuatro centésimas de nuevo nos encontraríamos, tal como sucedió en Turquía, con que Hamilton saldría por delante, pese a que Alonso es regularmente más rápido que Hamilton. Estos fallos repetidos de Alonso en el momento clave de la calificación (también le pasó en el gran premio de Europa, quedando por detrás de Kimi, y en Canadá, donde Hamilton le superó) me preocupan como seguidor suyo. Si se repiten tiene difícil la consecución del título. Para verlo especulemos con la situación en la que esas cuatro centésimas se hubiesen decantado del lado de Hamilton.
Alonso hubiera salido segundo, y dudo que hubiera mantenido esa posición. En la carrera real Hamiltón la peleó bien, pero este año no veo a Alonso fino en las salidas. De hecho hoy tanto Massa como Hamiltón le amenazaron, pese a que Alonso tenía toda la ventaja saliendo en la primera posición y, por tanto, obviamente, por la parte limpia de la pista. De estar en segunda posición quizá en el primer paso por meta Hamilton sería primero y Alonso tercero o cuarto. Y a partir de ahí, a sufrir. No veo a Alonso pasando a los Ferrari como Hamilton pasó a Raikkonen en la primera chicane. Echo a faltar ese punto de agresividad del que antes gozaba. Sin él, tendría que haberse mantenido detrás de los Ferrari mientras Hamilton abría hueco. Tras la retirada de Massa aún le quedaría Raikkonen por delante, sin posibilidad de adelantarlo en los boxes al ir el de Ferrari a una sola parada. Tercer puesto lo más probable. Quizás un segundo si el margen de diferencia entre los dos coches era el suficiente como para poder pasarlo sin arriesgar mucho. En cualquier caso, imposible el asalto a Hamilton. Poniéndonos, pues, en la mejor de las opciones resultaría que ahora Hamilton estaría siete puntos por delante de Alonso a falta de cuatro carreras. Medio campeonato en el bolsillo, pues Alonso no dispondría de ningún margen de error en las cuatro carreras que faltan. En la situación actual, en cambio, Alonso puede permitirse el lujo de quedar por detrás de Hamilton en una de ellas. Si le supera en las otras tres será campeón. Complicado, pero menos.
¿Qué nos espera, por tanto, hasta final de temporada?. A estas alturas creo que las cartas están ya sobre la mesa. Alonso es más rápido en carrera que Hamilton, y seguramente cuida más el coche, lo que disminuye las posibilidades de fallos mecánicos (aunque, desde luego, no la elimina). Hamilton, por contra, es más seguro en las vueltas decisivas de la calificación y le salen mejor los adelantamientos (Kubica en Magny Cours -creo que fue en Magny Cours-, Raikkonen hoy). En estas circunstancias Alonso tiene que sacar en cada circuito tres o cuatro décimas extra a partir del análisis del trazado, los reglajes y su inspiración al conducir si quiere superar a su compañero. Con un margen de sólo una o dos décimas sus fallos en la calificación le condenarán al segundo escalón del campeonato mundial. Hamilton debe seguir como hasta ahora. Con ir pegado a Alonso puede contar con que en la Q3 le superará, salvo que Alonso vaya muy descargado o realmente nos encontremos en un circuito donde Fernado vaya especialmente bien y encuentre ese algo diferente que le convierte en un piloto especial.
Queda el aspecto anímico y la concentración. En la última entrada comentaba, tras Turquía, que veía a Alonso más humilde y centrado. Creo que se dio cuenta de que en ese gran premio había dado una imagen mediocre, pese al buen resultado obtenido. En Monza creo que ha continuado esa progresión en el carácter. Centrado, serio sin ser arisco y pensando -eso creo- que en él está la clave para ganar el Mundial, incluso sin contar con todo el apoyo que quisiera del equipo. Su mirada en el podio era la de una persona feliz y serena. Que dure...
Siguiente parada, Spa, con Eau Rouge y su tiempo cambiante ¿qué nos encontraremos?

martes, 28 de agosto de 2007

De nuevo sobre McLaren

Hace unos meses, tras el gran premio de Mónaco, mantuve, contra lo que se decía en la mayoría de la prensa, que McLaren tenía mejor coche que Ferrari. A estas alturas, cuando quedan solamente cinco carreras para que acabe el campeonato y después del doblete de Ferrari en Turquía sigo manteniendo lo mismo, y la carrera turca, paradógicamente, creo que confirma mi teoría.
Para empezar, los dos primeros pilotos en el mundial son los dos de McLaren y, evidentemente, McLaren sigue siendo el primero en el mundial de constructores, incluso sin los puntos perdidos en Hungría por la sanción de la FIA. Tal como ya expuese en otra entrada anterior, ante esta circunstancia ha de ser quien sostenga que Ferrari tiene mejor coche el que pruebe su aseveración. Además, creo que en Turquía también los mejores coches fueron los McLaren, y aquí asumo la tarea de probarlo, pues habiendo hecho doblete los Ferrari es a mi a quien corresponde esa carga.
En primer lugar, en la calificación, teniendo en cuenta la diferencia de combustible entre los McLaren y los Ferrari, los McLaren fueron más rápidos, al menos el McLaren de Hamilton, pues Alonso nos volvió a obsequiar con un fallo en la calificación, en este caso, parece ser, al elegir mal los neumáticos con los que tenía que dar su última vuelta. Tras el fallo, relativo, en la calificación, los dos McLaren debían salir por la parte sucia de la pista, y aquí, de nuevo, la opción (¿o necesidad?) de montar ruedas duras convirtió la salida en una tortura, perdiendo Hamilton un puesto y Alonso dos.
Tras la salida Alonso estaba ya descartado, pero Hamilton se pegó a los dos Ferrari manteniendo siempre una separación con ellos que no llegó a ser alarmante. En el primer repostaje no les pudo pasar, pero en el segundo contaba, al menos, con cuatro o cinco vueltas más que Raikkonen y Massa, lo que le hubiera permitido pelear por la victoria.
Fue una lástima el reventón (y eso que me declaro alonsoniano), porque de no haber sucedido hubiéramos asistido a un final de carrera electrizante. Para Raikkonen a repostar y cambiar neumáticos y Massa se queda en la pista. En esas circunstancias ¿qué haría Massa? tiraría con el riesgo de llevar a Hamilton pegado y perjudicar así a Raikkonen, o por el contrario le frenaría perdiendo la posibilidad de ganar pero asegurando el primer puesto para Raikkonen. Mi opinión es de que de hacer lo primero sería Hamilton el vencedor de la carrera, pasando a ambos Ferrari en sus vueltas extra antes del último repostaje. Si hace lo segundo Raikkonen ganaría, Hamilton sería segundo y Massa tercero, aunque presionando a Hamilton calzado con neumáticos blandos. En fin, mucho más interesante que el tostón que fueron finalmente las 16 últimas vueltas del gran premio.
¿Y Alonso? Ya he dicho que me declaro alonsoniano (o como narices se diga), pero tengo que reconocer que no me está convenciendo esta temporada. Son muchas ya las calificaciones en las que se equivoca. En Turquía estuvo lejos de poder aspirar a la pole frente a los Ferrari y Hamilton, pese a que llevaban la misma gasolina. En la salida le tocó bailar con la más fea, una situación complicada con los BMW saliendo junto a él y uno, además, con neumáticos blandos; pero de él se espera que haga algo más que un piloto normal, que se invente algo (¿tomar por fuera la curva 1 para así ganar el interior en la 2, por ejemplo?). Después le fue imposible pasar a Heifeld en pista. Bien que en sólo en una vuelta extra que tuvo respecto a él fue capaz de superarle; pero realmente fue el único detalle de clase que se le vio en todo el Gran Premio (ese y el inútil mejor tiempo en la Q2, mejor vuelta de todo el fin de semana, por cierto). Cuando se quedó sólo en cuarta posición, sin nadie entre Hamilton y él no fue capaz de recortar a su compañero. Su tan cacareado ritmo de carrera no salió por ninguna parte. Bien es verdad que era imposible ya acercarse a Hamilton y quizás pensó en conservar motor (aunque, si no me equivoco, en el próximo gran premio estrena motor); pero en las circunstancias actuales éste era un momento para demostrar quién es el mejor en la pista, aunque no sirviera de nada, rodar consistentemente unas cuantas vueltas dos o tres décimas más rápido que Hamilton hubiera sido un golpe de efecto, y no cuando estás a punto de entrar a cambiar ruedas, como lo hizo, sino en el mismo momento en el que tienes pista libre. De otra forma no le metes el miedo en el cuerpo a nadie.
El motivo para la esperanza de los seguidores de Alonso, entre los que me cuento, es que su actitud en este gran premio ha sido más tranquila y reflexiva que en los anteriores. Sus palabras en la rueda de prensa diciendo que había que mejorar, creo que iban más dirigidas a él mismo que a la escudería. El sabe mucho mejor que yo que tiene mejor coche que Massa y Raikonnen, y su única preocupación ha de ser hacerlo mejor que Hamilton, tanto en calificación como en carrera. Si asume que Hamilton es bueno y que tendrá que sacar lo mejor de sí para derrotarlo quizás vuelva a ser campeón del mundo, y si esta temporada no le hunde y a su pilotaje y conocimiento del coche une virtudes como la templanza, el don de gentes y el dominio de sí nos podríamos encontrar ante un nuevo Alonso, un piloto que podría llegar a ser el mejor de la historia. El tiempo nos dirá en qué queda todo.

sábado, 25 de agosto de 2007

Sobre los acuerdos y los consensos (II)

De acuerdo con mi percepción, por tanto, el consenso es la base sobre la que se pueden construir acuerdos. Los consensos, por tanto, desempeñan un papel fundamental en cualquier sociedad. En la nuestra, y en las circunstancias actuales, creo que son especialmente necesarios. Ello es debido a que en los primeros años del siglo XXI todo el mundo, y también nosotros, los españoles, debemos ajustar nuestras estructuras sociales y políticas a un fenómeno de transcendencia multisecular como es la globalización. Una de las muchas consecuencias de el proceso de integración mundial es la necesidad de repensar la forma en que se organizan políticamente las sociedades, pues el Estado, monopolizador del poder público en los últimos siglos, ve su posición cuestionada.
Hace unos años tenía la percepción de que España se enfrentaba a este fenómeno en mejores condiciones que otros países, precisamente por la existencia de un modelo de Estado descentralizado y flexible. El Estado autonómico permite diferentes diseños y pruebas que podrían facilitar la adaptación a las exigencias de la globalización. Me imaginaba un escenario en el que sería posible discutir abiertamente sobre el papel del Estado, las Comunidades Autónomas y las corporaciones locales con el objeto de conseguir un sistema que permitiera satisfacer las necesidades de los ciudadanos (infraestructuras, seguridad, sanidad, educación...) en un entorno cada vez más influido por el exterior como es el que nos toca vivir en la era de la globalización.
En este sentido, una reforma del Estado autonómico, pensando qué competencias debería asumir el Estado central, cuáles las Comunidades Autónomas y la forma en que el Estado debía ejercer una necesaria función de coordinación, me parecía ineludible para actualizar el modelo que había surgido en los años 70. Los puntos que deberían abordarse en ese debate son muchos, evidentemente, pero aquí destacaré solamente dos, que me parecen cruciales: la competencia impositiva y la política exterior. En lo que se refiere al primero mi reflexión es la de que resulta poco coherente que cuando son las Comunidades Autónomas las que asumen la mayoría del gasto público (competencias en materia de educación, sanidad, parte de las infraestructuras, etc.), sea el Estado central el que mantenga un casi monopolio en materia de ingresos, esto es, impuestos. Una mayor responsabilidad de las Comunidades Autónomas en materia impositiva me parece ineludible. En el segundo de los ámbitos, sin embargo, creo que resultaría conveniente fortalecer la posición del Estado central. La política exterior actual sigue siendo un coto casi cerrado a los Estados, y, desde mi desconocimiento, tengo la impresión de que flaco favor se hace a nuestros intereses debilitando la posición exterior de la diplomacia española. Ahora bien, esto no quita para que esta misma diplomacia y, en general, la acción exterior del Estado, haya de ser extraordinariamente cuidadosa con los intereses de todas las Comunidades Autónomas, debiendo establecerse cauces eficaces para que nuestra política exterior sea leal a todos los españoles.
El proceso de reforma de los Estatutos de Autonomía que estamos experimentando desde hace unos años debería ser el lugar idóneo para que se produjera esta actualización de la estructura del Estado. Mi impresión, sin embargo, es la de que este proceso no va por estos derroteros. Más bien se ha asemejado a un regateo competencial con un déficit claro de reflexión. Las causas de este fracaso (fracaso para mí, evidentemente, son muchos los que se muestran satisfechos con lo conseguido) son varias; pero una de ellas creo que es precisamente la ruptura del consenso a la que me he estado refiriendo. Me explico: si existiera un auténtico consenso sobre la estructura del Estado, esto es, si no se discutiera la unidad de España, se podría reformular el sistema competencial sobre bases objetivas, determinando lo que debe ser estatal o autonómico únicamente sobra la base de criterios de eficiciencia y racionalidad. De existir ese consenso tanto el Estado como las Comunidades Autónomas partirían de la misma base para, sobre ella construir el acuerdo. Sucede, sin embargo, que para ciertas fuerzas políticas el proceso de reforma estatutaria es entendido como una fase más en la consecución del objetivo final que es la independencia de la Comunidad Autónoma (País Vasco, Cataluña, Galicia). Desde esta planteamiento cuantas más competencias se asuman, mejor, siempre mejor, y si esa asunción plantea problemas de eficacia o no existen recursos para poder ejecutar las acciones que implica la competencia o, simplemente, se trata de competencias que objetivamente es mejor no tener (léase, competencia penitenciaria), da igual. Todos estos problemas son considerados como menores en tanto en cuanto el objetivo principal es la reivindicación de cuantos ámbitos de poder se pueda.
Desde la perspectiva del Estado central, en cambio, una vez que se pone de manifiesto que el objetivo final puede ser la independencia, el proceso de atribución competencial se examina de una forma cuidadosa. Ahora el objetivo pasa a ser ceder cuantas menos competencias mejor y, desde luego, retener aquéllas que resulten más signficativas. Cualquier cesión en materia impositiva será extraordinariamente difícil de conseguir, por ejemplo. El resultado es que la final el reparto es más fruto del mercadeo que de la reflexión sin que se lleguen a afrontar los auténticos problemas que afectan a la organización de los poderes públicos en el mundo complejo en el que nos toca vivir.
Se trata, para mí, de un resultado descorazonador, no tanto porque tema que se pueda llegar finalmente a la pérdida de la unidad del Estado (lo que desde mi perspectiva tampoco sería una buena noticia), como porque conduce a un discurso y una reflexión incoherentes. Al perder las bases del razonamiento, de nuevo el consenso que tanto echo de menos, se produce un debate deslabazado, lleno de vaguedades y confusiones. Pondré un ejemplo: la tan traída y llevada incoherencia del Partido Popular al impugnar ante el Tribunal Constitucional determinados preceptos del Estatuto de Cataluña que son idénticos a ciertos preceptos del Estatuto de Andalucía que fue aprobado con los votos del PP. Aparentemente se trata de una incoherencia que, además, arrastra otras consigo; pero solamente es tal si nos quedamos en el discurso más formal. Si se analiza el proceso en la clave que aquí defiendo la actitud del PP es coherente. En Andalucía ninguna fuerza política significativa reclama la independencia de la Comunidad, por lo que no existe problema en que se trasladen ciertas competencias del Estado a la Comunidad y que se adopte un determinado lenguaje (la famosa nacionalidad histórica). En Cataluña, en cambio, la situación es diferente; resulta, por tanto, necesario limitar la ampliación de competencias de una Comunidad Autónoma en la que muchos desean dar un nuevo paso hacia la independencia lo más pronto que resulte posible.
En definitiva, nos encontramos en un cruce de caminos. Yo no digo para donde debamos tirar, pero no podemos quedarnos indefinidamente aquí, o de nuevo seremos atropellados por quienes circulan más rápidos y seguros que nosotros.

viernes, 24 de agosto de 2007

Sobre los acuerdos y los consensos (I)

Uno de los fenómenos que me entretienen de vez en cuando es la observación de la forma en que ciertas palabras o expresiones son asumidas por todos nosotros en muy poco tiempo. No me refiero a la aparición de palabras nuevas, normalmente procedentes del inglés y asociadas con frecuencia a los cambios tecnológicos; sino a cómo términos de uso restringido -aunque, a veces, entendidos por todos- comienzan a ser utilizados por los medios de comunicación, los políticos y, finalmente, por todos nosotros. Con frecuencia, una vez que se produce esta generalización nos da la impresión de que siempre han estado ahí, que siempre han sido utilizados con la asiduidad y el sentido que nosotros le damos; y nos cuesta asumir que hubo un tiempo en la palabra "solidaridad" no se usaba con más frecuencia que términos como "farfullar" o "soliloquio"; en que habíamos de recurrir al diccionario para conocer el significado exacto de "consenso"; o (y esto es más reciente), en que los empates eran simplemente empates y no "empates técnicos", como se dice ahora.
Pongo ejemplos que tienen significado para mí. Cada cual, seguramente, tendrá los suyos. En lo que se refiere a "solidaridad", fue la aparición del sindicato en Polonia a principios de los años 80 del siglo XX lo que popularizó la palabra, que era evidentemente, conocida, pero poco pronunciada. Yo todavía recuerdo cómo nos trabábamos al decirla. Una vez adquirida soltura, sin embargo, debimos pensar que un esfuerzo como aquél debía de ser aprovechado, y la palabra prosperó, hasta el punto de que hoy en día cuesta encontrar un sólo párrafo que pretenda despertar los buenos sentimientos que no la utilice varias veces. Los empates técnicos proceden, si no me equivoco, de las elecciones generales de 1993. La igualdad en los sondeos entre el PSOE y el PP hizo que fuera frecuente la aparición en los medios de los responsables de las encuestas, quienes, con frecuencia, se referían a la situación como "un empate técnico", queriendo significar algo así como que el margen de error que tiene cada sondeo era mayor que la diferencia en la intención de voto entre ambos partidos, lo que impedía determinar quién sería el ganador de las elecciones. La expresión gustó, y desde entonces hemos sufridos empates técnicos insospechados (cuando un partido de fútbol acaba con el resultado de 2-2 ¿nos encontramos ante un empate técnico o se trata de un simple empate, mondo y lirondo?).
Dejo para el final el consenso, que es el término el que hoy me quiero detener. En mi memoria la proliferación del término se remonta a la transición. En aquella época se empleó con frecuencia, asociándose a las complejas negociaciones entre las distintas fuerzas políticas que tuvieron como resultado la democracia en la que hoy vivimos. Pese a que el diccionario no diferencia en exceso entre acuerdo y consenso, los que, aún como niños, fuimos testigos de aquellos años podemos percibir una diferencia entre ambos términos. Cuando se hablaba de consensos y no de acuerdos se transmitía la impresión de una complicidad entre las partes que puede no darse en el acuerdo. El acuerdo supone una regulación que conviene, en un momento y circunstancias dadas, a quienes llegan a él. En los años 70 del siglo XX percibíamos el consenso como algo más profundo. El encuentro de aquellos puntos en los que el parecer y el sentimiento coincidían. En un acuerdo no es preciso que sus autores piensen que lo acordado es correcto. Tras concluirlo ambos pueden pensar de forma diametralmente opuesta habiéndose conseguido tan solo un instrumento útil para fines que interesan a ambos. Cuando hablamos de un consenso debemos ir más allá. No se trata de determinar hasta dónde puedo llegar en la negociación para conseguir el máximo provecho para mis intereses, sino encontrar aquellos puntos o planteamientos en los que existe una coincidencia. El consenso permite, por tanto, identificar lo que de común hay entre quienes sostienes opiniones divergentes. Este punto común ya no precisa ser acordado, porque es el mismo para todos.
Durante la transición, los ciudadanos de a pie creímos percibir que los políticos habían identificado efectivamente estos puntos de consenso que nos permitirían avanzar como país. Ese terreno más allá de los acuerdos o disputas que nos otorgaba una cierta seguridad. La confianza de que había ciertos referentes que no cambiarían. Esta sensación de seguridad, fruto, precisamente del consenso, que no del acuerdo, fue, creo, uno de los grandes logros de la transición.
Ahora, treinta años después he de confesar que echo de menos ese consenso. En estos treinta años el mundo ha cambiado y el país ha cambiado. Quizás sea esta la causa de que ciertos elementos de aquél consenso de la transición estén sometidos a escrutinio. La forma del Estado (la monarquía parlamentaria) y la estructura de éste (el estado autonómico) están siendo cuestionados en los últimos años. No es que haya una propuesta formal para cambiar la forma o la estructura del Estado, o al menos las formulaciones explícitas y expresas de esta pretensión no han traspasado más que la epidermis de la sociedad y la política española; pero sí se percibe la duda sobre ambos extremos, duda que es visible tanto en el discurso político como en los medios de comunicación o en las conversaciones ante el café del ciudadano común. Es una percepción subjetiva, pero que no creo que se aleje excesivamente de la realidad. Además, cuando estamos hablando de consensos casi tan importante como el contenido del acuerdo es la percepción del mismo. Cuando se aprecia que existen dudas en el discurso público sobre el mismo gran parte del efecto de estabilidad que se le presumen se volatiliza.
Ciertamente, este debilitamiento del consenso, que a mi personalmente me preocupa y disgusta, puede ser positivo. El cambio a una situación diferente a la actual precisa la ruptura del consenso, y para quien esté interesado en llegar a ese escenario este cuestionamiento será percibido como positivo. No discuto que esta percepción sea tan valiosa, al menos, como la mía, y no pretendo que haya elementos objetivos que nos permitan averiguar cuál es mejor; aquí me limito a ponerlo de relieve para, a continuación, y en otra entrada, reflexionar mínimamente sobre algunas de las consecuencias de esta situación.

martes, 24 de julio de 2007

El apagón

Si algo me sorprende del apagón de Barcelona es el protagonismo que han asumido en la resolución de las crisis la Generalitat y el Ayuntamiento de la ciudad. Y me sorprende porque hace no mucho, cuando en mi pequeño pueblo sufrimos varios apagones seguidos me dirigí a mi Ayuntamiento y a la Generalitat y en ambas sedes mostraron su extrañeza por mi llamada. Más o menos me viniero a decir lo siguiente: "Bueno, el problema que plantea se enmarca en la relación que tiene usted con una compañía privada, Fecsa-Endesa, no es cuestión en la que deba entrar la Administración. Si acaso, si no le satisfacen las explicaciones de la compañía puede dirigir una queja al Departamento de consumo de la Generalitat".
Tal como indicaba en una entrada anterior de este blog, me armé de paciencia y le expliqué a quien me atendía en la Generalitat lo que era un servicio público, aunque estuviera gestionado por una empresa privada; pero ni por esas me hicieron caso. Acabaron admitiendo que sólo si estaban afectadas muchas personas se dignaría la Generalitat a molestar a los señores de Fecsa-Endesa. Unos meses después veo que sí, que efectivamente, que cuando están afectados unos cuantos miles de barceloneses se producen los movimientos que no fueron considerados necesarios cuando los afectados fueron unos centenares de ciudadanos en Santa Perpètua de Mogoda.
Lo que no entiendo es cómo la competencia de la Administración no existe si los afectados son 99 y sí existe cuando los afectados son 100 (o no existe cuando son 99.000 y sí existe cuando son 100.000, me da igual dónde se ponga el límite). O mejor dicho, sí lo entiendo: quienes nos gobiernan no ejercen las competencias que tienen en beneficio de todos, sino únicamente cuando las repercusiones mediáticas pueden tener transcendencia electoral. Evidentemente no puedo estar de acuerdo con el planteamiento, debiendo ser tarea de todos nosotros exigir en todo momento y circunstancia que la Administración actúe con intensidad y contundencia en la defensa de los intereses de los ciudadanos, en este caso de los consumidores. No es tolerable el que solamente se alce la voz cuando la faena es de campanillas, como la que nos está afectando estos días.
Pero es que, además, esta inactividad de las administraciones contribuye a que se den situaciones como ésta. Las compañías eléctricas saben que nada les pasará en caso de que dejen a un barrio o dos sin electricidad durante unas horas. Algunas míseras indeminizaciones y unas cuantas llamadas de protesta. En estas condiciones es más lógico aguantar el chaparrón de los usuarios cuando cae la línea que adoptar medidas para evitar que caiga. Lo que sucede es que cuando se juega con fuego te puedes acabar quemando. Si la actuación de las administraciones fuera contundente con los "pequeños" incidentes que se suceden casi a diario en nuestros pueblos (cortes, averías, subidas o bajadas de tensión) quizá se hicieran las mejoras necesarias para que no sucedieran desastres como el que afecta a Barcelona estos días. En el cuidado de lo pequeño está el germen de la salud de lo grande.

lunes, 23 de julio de 2007

La política exterior y Europa

Tras el último Consejo Europeo Tony Blair tranquilizaba a los británicos diciéndoles que la política exterior británica seguiría decidiéndose desde Londres. Esta era su manera de hacer explícito un nuevo fracaso en la construcción de una auténtica política exterior europea (comunitaria, de la Unión Europea, como se quiera decir, aunque detrás de cada una de estas opciones terminológicas se escondan matices importantes). Como resumen me parece excelente, irrefutable y, además, lógico y deseable. ¿Dónde se va a hacer la política exterior británica si no es en Londres? No es éste el problema. La política exterior británica la decidirá el gobierno de Londres, al igual que la francesa será competencia del Presidente de Francia y su Gobierno, y la española del inquilino de la Moncloa. Se trata de una evidencia que roza la tautología. De igual forma la política exterior que pueda hacer Cataluña, el País Vasco o Baviera se habrán de decidir en Barcelona, Vitoria y Múnich, respectivamente. El problema, como digo, no es éste, sino dónde se hace la política exterior europea. Lo que habría de discutirse no es si Bruselas ha de condicionar o no, y en el primer caso en qué medida la política exterior británica, sino cómo ha de hacerse la política exterior europea y de qué medios se la dota. Con frecuencia, sin embargo, se confunden las dos cosas y la frase de Blair con la que empezaba es muestra de este equívoco.
El desenfoque es, seguramente, consecuencia de que la política exterior ha sido una competencia exclusivamente estatal y no se entiende fuera de la lógica estatal. De esta forma, la asunción de competencias en materia de política exterior por parte de Europa se ve como una operación de suma cero respecto a las competencias exteriores de los Estados: las competencias que asume Bruselas las pierden los Estados. Se trata de parcelas de poder que los Estados ceden a Bruselas. La alternativa a esta cesión es que Bruselas se limite a coordinar las políticas exteriores de los Estados. De esta forma, quienes seguirán ejerciendo las funciones propias de la política exterior serán los Estados, pero de acuerdo con las instrucciones o planteamientos que hayan sido adoptados en el seno de las instituciones europeas. En este último caso las políticas de los diferentes Estados serían solamente instrumentos en manos de las instituciones comunitarias, quienes ejercerían por medio de los Estados un papel en el ámbito internacional que superaría sus limitaciones como organización internacional.
Este planteamiento y las alternativas que ofrece creo que son muestra de una manera de razonar que está en fase de superación. La política exterior no es una añadido al resto de políticas, sino la cara externa de todas ellas. Es por esto que todos los entes con poder político tenderán a asumir, por unos medios u otros, cierta acción exterior. En España podemos ver cómo las Comunidades Autónomas pugnan por tener un papel en las relaciones internacionales, superando la competencia exclusiva del Estado en esta materia, y ello porque no pueden desconocer que esta política exterior condiciona las políticas internas. Cómo se haga realidad esta política es otra cuestión. Bien pudiera ser que esta vocación exterior de los entes infraestatales se canalice a través de órganos estatales, o también puede suceder que estos mecanismos se consideren como insuficientes y se planteen alternativas. Las posibilidades son muchas, pero aquí quiero destacar únicamente que es ingenuo pretender que los entes diferentes del Estado pueden renunciar a ejercer competencias exteriores por el hecho de que tradicionalmente ésta haya sido una competencia atribuida en exclusiva al Estado.
Esta es la situación en la que se encuentra Europa. Europa es un ente diferente de los Estados que lo componen. Ejerce ciertas políticas y posee una dinámica propia. En estas circunstancias es inevitable que tenga una política exterior, y de hecho la tiene. Como es sabido desde hace mucho no se discute que en el ámbito comercial la Comunidad Europea desempeña una actividad exterior muy destacable. Esta dinámica comercial, a su vez, debe generar competencias en otros ámbitos, pues resulta también ingenuo pretender que los acuerdos comerciales dependen únicamente de las cuestiones comerciales. En la actualidad, sin embargo, esta dimensión "política" de la actuación exterior comunitaria es fruto de las presiones y maniobras de los Estados, que utilizan de esta forma a la Comunidad en beneficio de sus propias políticas.
Y es aquí donde llegamos al punto al que quería llegar. Es lógico, razonable y deseable que la política exterior británica se decida en Londres; pero creo que no lo es que sea también en Londres (o en París o en Madrid o en Varsovia... o en La Valetta) donde se decida al política exterior europea. Actualmente, al carecer la Unión Europea de órganos propios que puedan actuar con suficiente margen en este ámbito es la situación que nos encontramos. La construcción de una política exterior europea no se ha de plantear como un ejercicio de renuncia de los Estados a ámbitos competenciales que les son propios, sino como el reconocimiento de que la asunción de las competencias que ya tiene la Unión Europea obliga a dotarla de instrumentos para poder desarrollar su actuación también en el ámbito exterior. No se trata de un juego de suma cero. La creación de una auténtica política exterior europea no debería necesariamente mermar el poder actual de los Estados miembros de la Unión, sino que, al contrario, aumentaría éste al dotarles de un poderoso aliado en las confrontaciones a las que nos tenemos que enfrentar en un mundo globalizado.
Claro está -y éste es el problema de fondo- que la creación de esta política exterior limitaría las posibilidades de utilizar la política exterior (¡y de defensa!) de los Estados europeos en contra de otros Estados europeos. Por desgracia la situación en la que nos encontramos actualmente es la de que muchos Estados miembros de la Unión, sino todos, aún mantienen en sus Ministerios de Asuntos Exteriores la lógica de que ha de debilitarse a los tradicionales rivales, que ahora son también aliados en el seno de la Unión. No soy ingenuo, y sé que mientras esta orientación no cambie nadie se tomará en serio la construcción de esta política europea. En ese sentido la frase de Blair es, de nuevo, tremendamente significativa.

sábado, 30 de junio de 2007

¿Quién ha de proteger al consumidor? Él mismo

Tengo la impresión de que en los últimos tiempos el cabreo de los consumidores se ha hecho crónico. Permanentemente tenemos la sensación de que se nos toma el pelo. Si vamos a coger un avión sólo nos queda rezar para que el vuelo salga con poco retraso, para que en caso de dificultades técnicas no nos acabe deteniendo la policía por protestar en el mostrador de la compañía, y para que en caso de anulación alguien se apiade de nosotros y nos dé una cama donde dormir. En las compañías telefónicas es mejor no pensar en lo que pagas. Estos días leíamos la noticia de que una compañía de telefonía promocionaba una oferta de esas que te permiten elegir unos cuántos números de teléfono con los que hablar por muy poco dinero. Parece ser que te dabas de alta y te seguían cobrando lo habitual, o sea, un atraco; y si protestabas ni caso te hacían. En otro orden de cosas, quién no se ha cabreado por un inoportuno corte eléctrico que te ha dejado unas cuantas horas sin luz, y, en mi caso, además, sin calefacción ni cocina (porque en mi casa todo es eléctrico). De los bancos prefiero no hablar...
Lo peor en estos casos es que tú sabes que tienes razón, que la compañía de que se trate no tiene derecho a dejarte sin servicio, que ha de esforzarse en cumplir con lo pactado y que tú estás en tu derecho de reclamar y que te hagan caso; y, sin embargo, el que se siente en una situación de total indefensión es el consumidor. Es el agraviado y, con frecuencia, es el que tiene que oír al otro lado de la línea de atención al cliente, "cálmese, no, eso no lo podemos hacer", "eso no es de mi competencia", "no, no puedo pasarle a mi superior", "presente una reclamación por escrito", "le paso con un compañero que le facilitará la dirección", "la dirección está en su factura"... y así sin obtener nada.
A mi me pasa que tengo la sensación de que a las compañías les da lo mismo que protestemos o no porque saben que, en última instancia, no acudiremos a los tribunales a demandarlos, y que en caso de que algún loco así lo haga al final lo que obtenga no alterará la cuenta de resultados de la empresa. La consecuencia de todo ello es que muchas compañías de servicios especulan con el incumplimiento. No temen dejar de cumplir sus compromisos porque las hipotéticas sanciones en las que incurran serán inferiores a lo que obtienen ofreciendo unos servicios peores que aquéllos a los que tendríamos derecho.
El consumidor se encuentra, pues, en una situación de indefensión. Los mecanismos de los que dispone para presionar a quien le suministra servicios no son lo bastante peligrosos como para que quienes gestionan esos servicios se sientan amenazados. Ante esta situación al consumidor sólo le queda confiar en la administración; pero ¡menuda esperanza! En alguna ocasión en que me dirigí a la Consejería de Industria para protestar por el mal servicio eléctrico que recibo se me contestó que la compañía eléctrica era una compañía privada y no un ente público, y fuí yo quien tuve que recordar a la administración lo que es un servicio público, aunque esté gestionado por empresas privadas. La tutela de la administración no es solución. Además, si todo ha sido privatizado (energía, telefonía, agua, carreteras, etc.) ¿por qué razón el control del correcto funcionamiento de todos estos servicios ha de quedar en manos de la Administración? ¿No sería más lógico que el control también se privatizara en favor de los usuarios de estos servicios?
Para conseguir esta privatización debería dotarse a los consumidores de recursos que realmente fueran amenazantes para las compañías que prestan servicios. Estos recursos podrían pasar por una figura desconocida en Europa, pero muy popular en Estados Unidos: los daños punitivos. ¿En qué consiste esto de los daños punitivos? Veamos un ejemplo. El otro día asistí en una aeropuerto español a la siguiente situación: un avión tenía que salir de la Barcelona para llegar a Granada, el vuelo a Granada tenía que llegar a eso de las 22:00 para despegar de nuevo hacia las 23:00 y regresar a Barcelona. El vuelo salía con retraso de Barcelona, de tal manera que no llegaría a Granada hasta pasada la medianoche. Como el aeropuerto de Granada cerraba poco después de la medianoche resultaba que el avión no podría despegar de Granada hasta el día siguiente. Seguramente esta circunstancia impediría que ese avión cubriera el servicio que tenía asignado a primera hora del día siguiente, lo que obligaría a la compañía a buscar alternativas costosas; pero qué se le va a hacer, pensé yo. Ningún problema había para que el avión que salía de Barcelona aterrizase en Granada por lo que en ningún momento pensé que podía suceder cosa distinta a la llegada tardía del vuelo de Barcelona. Pues no, la compañía decidió desviar el avión a Málaga, de dónde sí podía volver a despegar. La compañía cubría así su previsión, y si los pasajeros protestan por mandarlos a Málaga en vez de a Granada, pues se les indemniza con la miseria prevista por las molestias causadas y en paz.
¿Qué tienen que ver los daños punitivos con todo esto? Si en nuestro sistema existieran los daños punitivos el pasajero que quisiera reclamar judicialmente en este caso podría verse favorecido con una indemnización que fuera mucho más allá de los daños que a él se le causaron. Se le impondría una multa civil a la compañía de un montante elevado, hasta el punto de que fuera disuasoria, y que iría al bolsillo del ciudadano reclamante. Así, por ejemplo, el importe de todos los pasajes gestionados por la compañía infractora durante una semana. Una cantidad que podría alcanzar cientos de miles o millones de euros. Esta figura existe en Estados Unidos y explica algunas de las millonarias (en dólares) indemnizaciones concedidas por los tribunales de aquél país. La ventaja de los daños punitivos es doble: por una parte el consumidor tiene un incentivo para reclamar, pues no estamos hablando de unos cientos o pocos miles de euros, sino de cantidades muy superiores. Por otro lado, las compañías temen estas condenas, a diferencia de las que les pueden imponer en nuestro sistema legal, lo que hace que sean más cuidadosas a la hora de especular con el incumplimiento.
Nunca podremos estar seguros de si una determinada empresa hace todo lo posible por ofrecer un servicio de calidad, pero debemos de dotarnos de los medios adecuados para que no sea económicamente rentable operar de otra forma. En la actualidad la compañía que cumple -si hay alguna que lo hace- es por altruismo, no porque el sistema legal la obligue a ello más allá de la pura formalidad.

martes, 5 de junio de 2007

Sobre la seguridad a uno y otro lado del Atlántico

Por lo que me cuentan una de las muchas diferencias entre europeos y americanos (y con el término americanos me refiero, para abreviar, a los ciudadanos de Estados Unidos de América) es la percepción y la valoración de la seguridad. Los americanos se creen en un país seguro y no soportan la idea de la inseguridad, hasta el punto de que están dispuestos a dedicar no pocos esfuerzos y recursos a dotarse de los medios suficientes para neutralizar cualquier amenaza externa. Los europeos, por el contrario, estamos acostumbrados a un cierto grado de inseguridad, y, no sin cierta displicencia, consideramos como ingenuo pretender un mundo absolutamente seguro. La mayoría de edad se alcanza cuando se es capaz de entender que el Mundo no puede ajustarse perfectamente a nuestros deseos y somos capaces de convivir con la imperfección, los defectos, la inseguridad, la enfermedad o la muerte. Es propio de un estado aún poco evolucionado pensar que es posible adaptar el Mundo a nuestro personal diseño. De esta forma, la pequeña Europa adopta una actitud condescendiente hacia los primos americanos, y como el anciano que no se inmuta ante el entusiasmo de la juventud, aguarda el momento en el que la realidad, que ella ya conoce, acabe imponiéndose también a los nuevos y fogosos dueños del Mundo.
Somo más débiles que los americanos, no somos tan ricos ni influyente, pero contamos con la experiencia que dan los años y el sufrimiento de varias guerras padecidas sobre nuestras tierras. Quizás los americanos, que hasta ahora lo han tenido fácil, piensen que si se tienen los suficientes aviones y submarinos, portaaviones y misiles podrán vivir seguros; pero en Europa sabemos que no es así; nosotros ya tuvimos ejércitos poderosos y sabemos que se acaban volviendo contra nosotros. Pocas familias en Europa están libres de alguna pérdida en esa guerra civil europea que fue la Segunda Guerra Mundial en el escenario Occidental, o en la Guerra Civil española o en las Guerras Balcánicas; esos prólogos sangrientos de lo que sería la Gran Carnicería. Esa experiencia dolorosa nos ha curtido y aportado una sabiduría, un "seny", que diríamos en catalán, del que carecen los americanos.
Este sentimiento del inconsciente colectivo esta presente en nuestra visión del Mundo y de las relaciones transatlánticas. Así, por ejemplo, el 11-S dio origen en Europa a la mayor ola de solidaridad y proamericanismo que recuerdo. En los días que siguieron a aquella tragedia la sincera voluntad de ayudar a Estados Unidos y cooperar con ellos frente a lo que es un enemigo común se extendió por todos los países europeos, incluso en círculos tradicionalmente muy antiamericanos (OTAN, no, bases fuera, yankees go home, y cosas semejantes). Sigo pensando que fue un gran error por parte de Estados Unidos no aprovechar aquel momento para admitir una colaboración mayor de los países europeos en la lucha contra los terroristas; pero, bueno, eso es otra historia. Lo cierto, y a esto venía, es que junto a este sentimiento de solidaridad y dolor se percibía también un cierto aire de triunfo. Algo así como si se dijera: "veis, por imponente que sea vuestro ejército es imposible garantizar la seguridad, teníamos razón los europeos, es preciso aprender a convivir con la inseguridad. Venid y os enseñaremos cómo hacerlo".
Quizá a finales del 2001 se pensaba en Europa que los americanos habrían aprendido la lección y modificarían su concepción de la seguridad. Como sabemos seis años después esto no ha sucedido. Los Estados Unidos mantienen su visión originaria sobre este problema y su análisis se reduce, básicamente, a que no habían hecho lo suficiente en la materia. De ahí que hayan reforzado los servicios de inteligencia y los controles en las fronteras, en los vuelos y demás escenarios peligrosos, tal como hemos experimentado casi todos en los últimos tiempos.
A este lado del Atlántico, por tanto, nos lamentamos de que los americanos no hayan aprendido la lección; pero yo me pregunto ¿la hemos aprendido nosotros? ¿Somos capaces los europeos de un cierto ejercicio de humildad e intentar plantearnos que, quizás, no tenemos toda la razón? Quizá los americanos están equivocados al querer construir una fortaleza inexpugnable, pero podría ser que los europeos actuáramos de forma inconsciente al despreciar como lo hacemos las cuestiones relativas a seguridad y defensa.
Hace unos días Putin amenazaba con apuntar sus misiles nucleares contra Europa (o sea, nosotros). La noticia nos ha dejado casi indiferentes. ¿Es ésta una actitud racional? Enseguida se me dirá: "No pensarás en serio que Putin iniciará una guerra nuclear. Eso es imposible". Pues ni lo pienso ni lo dejo de pensar, pero es una posibilidad. Estamos acostumbrados a una forma de razonar que procede de la época de la Guerra Fría en la que cualquier utilización de armas nucleares se consideraba que conduciría a una guerra nuclear total. En estas circunstancias el temor a las consecuencias de una confrontación de esta naturaleza hacía altamente improbable que se pudiese dar dicha utilización del arma nuclear. Pero ahora el escenario ha cambiado. Desde hace unos años se habla con mayor libertad de utilización local de armas nucleares, y no hace mucho el entonces presidente Chirac amenazó explícitamente con su utilización si Francia era objeto de ataques terroristas. La posibilidad de una utilización limitada de armas nucleares es ahora más factible que hace veinte años. En estas circunstancias supongamos que los rusos atacan Berlín o Rota (la mayor base naval americana en Europa) ¿responderían los franceses, ingleses o americanos a dicho ataque arriesgándose a que sus propios países fueran atacados? No me importa tanto la respuesta como la mera circunstancia de que se pueda plantear supone un elemento de inseguridad para los países que no tienen armamento nuclear. Podrían darse circunstancias en que quienes sí tienen ese armamento especularan acerca de un ataque no respondido. Los europeos podemos vivir con esta inseguridad, para los americanos sería absolutamente intolerable.
¿Y qué pasa con las armas convencionales? Veamos el caso de Yugoslavia. Para quienes vimos "Un globo, dos globos, tres globos", la Casa de la Pradera o el Mundial de México, Yugoslavia era un país con el que nos identificábamos: era un país comunista, pero menos; igual que España era un país capitalista, pero diferente. Como nuestra renta per cápita era más baja que la de los europeos "de verdad" y la suya más alta que la de los "auténticos" comunistas nos veíamos parejos, y para acabar de redondear las cosas, tanto a nivel de selecciones (fútbol, baloncesto, balonmano) como de clubesAh! aquellos partidos Real Madrid - Zibona de Zagreb, con el inolvidable Petrovic!) nos enfrentábamos constantemente. Un país casi como nosotros, vaya. Como sabemos, a partir de los años 90 todo esto cambia. El país se comienza a dividir, tema en el que ahora no entraré, y a finales de los 90 nos encontramos con que lo que queda de él comienza a hacer cosas que no gustan a la comunidad internacional (esto es, a la Unión Europea y a Estados Unidos). Ciertamente lo que sucedía en Kosovo era grave y no cuestionaré la intervención en el conflicto; pero ahora quiero llamar la atención sobre la circunstancia de que fuera o no fuera grave la situación, al país no le quedó más remedio que someterse al dictado exterior. Un país como España de pronto se vio abocado o al sometimiento o a una guerra que perdió sin haber conseguido causar una sola baja al enemigo. El hecho de que eso nos pueda pasar a cualquier otro país de similar porte habría de causarnos cierta preocupación. No digo que tengamos que dejar de dormir por ello; pero no me parece normal que se obvie totalmente la posibilidad, simplemente como si no existiera. De nuevo aquí se observa la diferencia de percepción entre europeos y americanos. Nosotros podemos vivir sabiendo que dependemos de la voluntad de otros, que cuando sacamos las tropas de Irak un submarino nuclear americano entra en la bahía de Cádiz rememorando la época de las cañoneras, que estamos a merced de las decisiones que se toman en sitios muy alejados de Madrid o Barcelona. La inseguridad no nos mata. Para un americano una situación así sería sencillamente insoportable.
Alguien podrá decir: "¿Y qué podemos hacer?". Pues no lo sé, pero de momento preocuparnos.

sábado, 2 de junio de 2007

El mejor de McLaren es... el relaciones públicas

Lo que más me está sorprendiendo de esta temporada de Formula 1 es el análisis que está haciendo la prensa de la misma. Por ser claros, me sorprende que desde la pretemporada hasta el momento actual se haya instalado como verdad absoluta que el mejor coche es el Ferrari y que McLaren tendrá que luchar muy duro para superar a los bólidos rojos. Se trata de un enfoque que, creo, se deshace como azucarillo en el café, incluso para quienes no tenemos ni idea de Formula 1, pues atenta contra las más elementales reglas de la lógica.
Sigamos el desarrollo cronológico de los acontecimientos a partir de la primera carrera de la temporada, asumiendo que antes de iniciarse el Gran Premio de Australia los resultados de la pretemporada colocaban a Ferrari por delante de McLaren. En Australia el resultado fue Raikkonen, primero; Alonso, segundo; Hamilton, tercero; y Massa, sexto. Ventaja para Ferrari, aunque en el mundial de constructores quien cogía la delantera era McLaren. Puedo entender un análisis de la carrera en la clave "Ferrari está mejor que McLaren", aunque también creo que titulares como el de Joan Viladeprat en "El País" (¡"Y Ferrari aún no ha mostrado todo su potencial!") quizá resultaban un tanto arriesgados.
En la segunda carrera, Malasia, el resultado es Alonso, primero; Hamilton, segundo; Raikkonen, tercero; y Massa, quinto. Tras esta carrera Alonso es líder del mundial, Raikkonen, segundo; y Hamilton, tercero. McLaren es líder de constructores con una ventaja cómoda sobre Ferrari. Creo que en estas circunstancias el análisis lógico habría de partir de la superioridad de McLaren, líder en pilotos y constructores. Sin embargo no es así. Se sigue hablando de la superioridad de Ferrari y de que McLaren sólo tiene posibilidades en circuitos similares a Malasia. Parece que la victoria de McLaren ha sorpendido a los analistas y buscan explicaciones para mantener su teoría sobre la superioridad de Ferrari.
Estos analistas, finalmente, ven cómo en las carreras de Bahrein y Barcelona se confirma su planteamiento. En ambas vence Felipe Massa, con Hamilton siendo segundo en ambas; estando acompañados en el podium por Raikkonen en Bahrein y Alonso en España. Superioridad, por tanto, de Ferrari, aunque esta superioridad no les permita acercarse al primer puesto de constructores, donde McLaren tiene una cómoda ventaja; ni ocupar en ningún momento el primer puesto en la clasificación de pilotos, manteniéndose al frente de éstas Alonso (en Bahrein) y Hamilton (en España).
Y llega Mónaco. Paliza histórica. Doblete y casi un minuto a Massa, tercero. Por mucho que se diga que Mónaco es un circuito muy revirado, que Ferrari penaliza ahí por su mayor distancia entre ejes y demás historias, un minuto es mucho tiempo. Cuando acabó la carrera me dije: "Bueno, por fin los que entienden de Formula 1 empezarán a hablar de la superioridad de McLaren". Pues ni por esas, ahora el discurso es que McLaren superará a Ferrari en circuitos semejantes a Mónaco (Hungaroring, Magny Cours); pero que en los circuitos de potencia Ferrari volverá a dominar (sí, como en Malasia, pienso yo).
Sinceramente, no lo entiendo. Cuando se está primero y segundo en el mundial de pilotos y con una ventaja muy cómoda en el de constructores iniciar el análisis a partir de premisas diferentes a la superioridad del equipo que comanda las clasificaciones creo que requiere una gran carga argumentativa. Para mí que los de McLaren, que tienen el mejor coche, son tan hábiles como para que todo el mundo piense que los buenos son los de Ferrari, con lo que consiguen quitarse de enmedio la presión de la FIA para equilibrar el campeonato, como han venido haciendo los últimos años. Desde esta premisa de análisis: McLaren tiene mejor coche que Ferrari, lo que llevamos de temporada se ve de una forma diferente.
En primer lugar, Australia. Alonso sale mal, Hamilton le pasa y es el novato el que tiene que dirigir la caza de Massa con el resultado de que Massa se coloca a una distancia suficiente como para que resulte inútil ir a por la carrera. Segundo acto, Malasia. Cuando Alonso es el que marca el ritmo no hay problema para despegarse de los Ferraris y asegurar una victoria clara. Escena tercera, Bahrein. Por circunstancas que todavía no se han aclarado, Alonso la pifia el sábado y el domingo no la enmienda. De nuevo recae en Hamilton la misión de perseguir a los Ferraris (en este caso al de Massa) y el resultado no es muy brillante. En España (cuarta carrera) se da la misma situación. El paso por las dos primeras curvas deja a Alonso sin posibilidades y es Hamilton el que debe marcar a Massa, que se escapa lo suficiente como para ganar la carrera. En Mónaco nos encontramos de nuevo con Alonso por delante de Hamilton, y en estas circunstancias los Ferrari quedan en evidencia. Conclusión. El McLaren es mejor que el Ferrari y si no fuera por Hamilton a lo mejor esto era más evidente aún. Es por esto que en el debate abierto sobre quién es mejor, si Alonso o Hamilton yo digo que es quien diseña las relaciones públicas de McLaren, porque está consiguiendo que todo el mundo mire para donde es. Me parece la mejor maniobra de despiste desde junio de 1944, cuando los servicios secretos aliados consiguieron convencer a los alemanes de que el desembarco de Normandía era un señuelo y que el verdadero desembarco se produciría en las cercanías de Calais. Creo que los alemanes estuvieron engañados hasta mediados de junio, una semana después del desembarco. McLaren lo está superando.